Los libros que leemos. Los libros que compramos.

 A veces tengo conversaciones super profundas con personas random, de esas que viste dos veces en tu vida y probablemente jamás vuelvas a ver. Pero pinta sinceridad, y eso envuelve el aire y genera el clima para la conversación existencial. Me gustan, es como un intercambio necesario para que el mundo se siga moviendo hacia un buen lugar. Al final (y quizás al principio) no son tan random.
Yo CREO que el primer libro que leí fue El Principito. Pero quizás leí primero a Mafalda, o Juan Salvador Gaviota. Me acuerdo momentos de todos, y qué generaron en mi.
Después leí Cuentos de la Selva, Cronopios y Famas, Historias de amor, locura y muerte; Crónica de una muerte anunciada, Casa tomada, Continuidad en los parques, Poemas de Alfonsina.
Hay una sensación que no olvidaré jamás, que fue como si me apuñalaran el alma, dolía un lugar que no se podía explicar y sólo quedaba llorar mientras leía.
Después conocí a Juan Solá y ahora llorar mientras leo es una cosa súper normal (te amo, chiste interno)

Me acuerdo que estaba en el colegio secundario, sentada al lado de la que en ese momento era mi mejor amiga, no sé qué edad tenía. Mi profesor favorito había mandado la unidad 1 a la fotocopiadora y todes, papel en mano, nos disponíamos a empezar la lectura. Entonces me dijo que lea en voz alta, pero que empiece desde el título.

Odio equivocarme leyendo, entonces desarrollé ese toc de adelantarme un par de palabras a lo que estoy diciendo. Si, así de exigente soy conmigo misma. 

Leí el título y se me empezaron a caer las lágrimas. Mi profesor, que a veces hablaba en tercera persona, sonrió y me dijo “lea”. Entonces, con una angustia interminable, arranqué.

“Introducción.

Ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta.”₁

Es que para mí ese título significaba muerte, y no podía aguantar que dijera niños. Cómo niños. Mi hermanita es una niña. Yo era una niña hasta ayer.

Me repuse un poco a medida que fui continuando la lectura, que estaba llena de argumentos para convertir mi voz resquebrajada de dolor en una voz fuerte de bronca a quien nos oprime.

No hubo vuelta atrás.

No pude volver de ese momento donde la injusticia me marcó a fuego la piel para que no pudiera soportarla Nunca Más.

Ahí es donde empecé a gritar, como podía, con las herramientas que tenía. Después busqué más herramientas. Ahora grito menos y hablo más, pero ese es otro relato.


Veinte años después, estaba sentada en la cama de Javier mirando su biblioteca de 3 partes y 10cmts más alta que yo. La luz entraba por las hendijas de la persiana, entonces los títulos podían leerse sólo a medias. Sin embargo, muchos libros los reconocía por su lomo, su color o su gráfica. Cualquiera hubiera dicho que ese era el amor de mi vida, porque teníamos muchísimos libros repetidos. Era un Javier. Es, sigue vivo.

Le dije “tenes los mismos libros que yo” me sonrió y me dijo “no los leí todos”. Nos reímos, yo tampoco los leí todos. Hablamos sobre esta costumbre de comprar los libros que nos gustaría leer, para que cuando tengamos un poco más de tiempo y en una mesa, en un patio con sol, tomemos mate leyéndolos. Dijimos, también, que no vamos a dejar de comprarlos, que tiene que ver con un anhelo y un interés. Ya sé, no es que por ósmosis una toca el libro y sabe de qué se trata. Pero no importa, yo lo quiero tener en la biblioteca porque quizás un día me hago alguna pregunta que ese libro me pueda ayudar a responder. O no, y me genere nuevas preguntas.

No nos spoileamos ningún libro, nombramos los leídos y los que tienen prioridad en un futuro próximo. Cuando le otre nombraba alguno que ya habíamos leído sonreíamos y decíamos “leelo, es bueno” y la otra persona decía “bueno, dale, lo pongo más cerca”. Más cerca que puede ser la mesa de luz, el piso al lado de la cama, la Singer al lado del sillón. 

Más cerca del corazón.

______ 1 GALEANO, Eduardo. Las Venas Abiertas de América Latina. Siglo XXI Editores. Ed.1983.

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